Sevilla.

Como te digo una “co” te digo la “o”. Hace dos fines de semana nos dimos un garbeo por la ciudad. El tiempo nos acompañó. Y tengo que reconocer que luce muy guapa y repeinada.
Nos impusimos la sacrificada tarea de disfrutar de sus encantos: ese paseíto por el puente hasta Triana, esas gambitas al mediodía con su maridaje de fino; perderse en los secretos rincones de los Reales Alcázares, el oloroso dulce con su poquito de ibérico en el barrio de Santa Cruz…
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En su columna del día 6, Antonio Sempere alude a la felicidad por comparación. Difícil cuestión la de la felicidad. Tal y como están las cosas, sintiéndome un privilegiado, resultaría tan odioso decir que eres feliz como quejarse de lo contrario. Supongo que la felicidad es un estado de ánimo, algo por lo que sólo nos preocupamos cuando no nos sentimos felices. La felicidad consistiría, por tanto, en no experimentar que se es infeliz, ¿no? Siempre les cuento a mis alumnos aquello que dijo Picasso cuando le cuestionaron por la inspiración: decía que no creía en ella, pero si le venía que le pillase trabajando. Pues bien, yo no sé exactamente en qué consiste la felicidad. Pero, si la encuentro, seguro que me sorprende en plena faena peregrinatoria.
El incienso ya perfuma las despejadas arterias del centro para recordarnos que se preparan a conciencia para su Semana Grande. Las mismas calles que aparecen empapeladas con el rostro de la chica desaparecida. No sé si con el objetivo o la esperanza real de que la encuentren con vida (los precedentes no invitan al optimismo), pero sí para bajarnos los pies a la tierra y no olvidar que aún pasan cosas como ésta. Y que la atrocidad es tan humana, por desgracia, como la majadería o la mismísima felicidad. Lo de reencarnarse en gato de Formentera o en cualquier otro animal no es ninguna tontería.